…grave.


Vago sentimiento de azar, sempiterno. La piel de la cerviz se ha roto, se escapa el ruido anhelado. Rocía, en el campo, gotas bermellón que se secan en cuanto las abraza el polvo. La caza es lo primero, después el remo. Desde antes, en la mirilla, el viento sacudía la presa, o era la mano que temblaba, o eran las pupilas que no se ayudan más entre sí. Quería terminar de una vez, que se fuera delante de la presa, en un tiempo de cocción y aderezo. Pero refulge aún en sus ropas el sudor que pensó mínimo y macilento. La presa, bailando, se deslucía en gritos y aleteos; y la mano estaba ya cortando la pechuga para saltear.

Escucha el ruido de sus orejas, el golpe de sangre en cuanto traga saliva. Sordo, mira de nuevo; ya no es necesario escuchar para comer. Y saborear los pedazos tintos, rellenos de esa suerte de hierba de olor que descubre a cada paso. Eso que sancochará su aceite con pedazos de algún hongo, comestible por presentarse a su encuentro. Huele mas no escucha nada, solo el intento por destrabar el coágulo de aire en sus oídos.

Salió no por la mañana, que hacía buen sol para permanecer recostado, abriendo la boca para respirar, sonando, un débil raspeo de la garganta. Escucharse, dar un grito íntimo que ayudase a descansar. Pero el estómago siempre le hace escuchar, algo le receta, algo le va mencionando, porque tuvo que salir a buscar el arma, brillante, recién pulida en la empuñadura. Cómo es su voz, se pregunta, ¿la tiene todavía? De escucharse sonreiría con un dejo de angustia. Cómo sería, ahora, el ruido de su cuerpo, el caminar, el sudar, el amar. Nada; en el recuerdo, nada. Sonaba a articulación, recordaba; a sangre. Oía de nuevo, reinventando su propio ruido, y tragaba más saliva para apresurar el dolor en sus cóndilos.

Tiempo ha de eso de la caza. Nunca, en la planeación de ese sueño realizado, se descubrió pensando en dar muerte para comer. Pescar sí, ordeñar, pegarle con el puño a un conejo, quizá. Pero esperar, apuntar, fallar, acertar, no. A pesar del sueño cumplido, una campiña suave, sin mayor pronunciamiento en sus formas. Verdores homogéneos, olores débiles pero constantes. Un pedazo de campo para él solo, con una vereda al lago, donde pacer, donde pescar. Y seguro sembrar, porque de eso se trata, de vivir de lo mínimo, de lo que la tierra, benévola y tonante, da con gracia y poco apremio. Por eso las semillas, por eso la interminable nómina de comestibles, frutas, leguminosas, tubérculos. Esto para una ensalada de invierno, aquello para un domingo de descanso, lo demás por si tengo un festín, se decía. Y plantaba, con el acierto de un niño, en surcos imperceptibles, limpios, cuadriculados, cual deben estar en una campiña, la de él.

Lo menos que se dio fue una planta grosera, la cual no sabía si era comestible o alguna hierba nativa habíase convertido en plaga. Siempre se aprende a poner la semilla en su preciso lugar y momento, se decía; quizá las arbejas no se llevan con el pimiento, o la cebolla es tan imponente que los berros ceden a su fragor. Entre sonrisas, inventaba recias bregas bajo la tierra, abrazos subyugantes de las raíces; yo aquí soy el que manda, yo tengo más jugo que vosotras, imbéciles coles. El sueño se reía de sí, dando vuelta, pensando en su fragilidad.

La pesca no era tampoco una gesta que rememorar. Se hubo dado cuenta de que las carpas y las lobinas permanecían en su lugar de origen —bien cuidadas y alimentadas— cuando una diarrea lo tuvo entre cocidos de hojas de limón y agua. Seguramente alguien, ese malvado de todos los lugares, el impasible, el cruel, se llevó todas las truchas a su negocio; seguro un patán está desechando sus heces industriales río arriba. Pero nada, ni los pequeños pescados, a imagen y semejanza de charales, eran comestibles. La campiña perdía un verdor que nunca tuvo.

Y qué ordeñar, qué pastorear. Los quesos y los jamones importados se iban haciendo cada vez más pocos. La alacena del reino se iba quedando sin mejunjes y viandas. Algo tenía qué hacer, el sueño se alimentaba sólo del orgullo de permanecer ahí, de poder remar y sestear en medio del lago, viendo cómo las nubes torcíanse para parecer largos maizales, rígidos campos de caña dulzona, la más tersa de las berenjenas, la más jugosa remolacha. Si pudiera tocar un instrumento, compondría sentidas melodías campiranas, de esas que calan, de las que a un trago invitan. La yunta y el arado, el cuajo y las legumbres, la mujer que vuelve, encinta, con una canasta de mantequilla y crema recién hechas. Los primorosos hijos abriendo gloriosos el corral para airear a las vacas, ya en edad de conocer toro y acrecentar el patrimonio. Y aquella joven del rancho aledaño, toda ella olor y tensión de músculos, la que pone el granero en un grito, la que suaviza el dormir.

Tenía así algunos meses, encabritándose, riéndose y remando el mismo lago, día a día, en espera de una cosecha ignota, ¿por qué en este campo no se dan más que limones?, se preguntaba al atardecer. Ya el plan añejo de hacer su propio vino se había agotado, así como el del ron casero, o destilados sorprendentes que lo situarían como el genio siete leguas a la redonda. Solo, dormitando en una lancha destartalada, que hacía agua al menor movimiento, comiendo cada día un poco menos del camembert con tortillas, ya no sabiendo qué hacer con la lengua por tanto ácido, ya no sabiendo qué más hacer con los limones, si agua, si confit, si un intento de tepache. De limón no vive el hombre, se decía, habrá que cazar.

Pero qué, y dónde. La escopeta —más idónea para sendas temporadas en la estepa africana— estaba en tal descuido que pasó algún tiempo atornillando, aceitando y probando hasta que encontró su punto. Quería salir temprano, al amanecer, para poder tener al alcance las presas más tiernas, con ese sabor que da el primer respiro del día, en ayuno. Pero la sordera lo detuvo, ahora sí no escucharía nada, sólo ese encierro en sí del latido y la saliva, escuchándose por siempre, como si se hubieran volteado las orejas hacia adentro.

Exhalaba fuerte, escondiéndose en la almohada, ya no escuchar sería una complicación; cómo saber de dónde viene la presa, hacia dónde va, qué es, ¿un oso gris o un ñu? Cuando salio de la cabaña el mediodía señoreaba en la campiña. Caminó fuerte, seguro, observando todo como si la experiencia estuviese ya dentro de sí solamente por intentarlo. Perplejo, vio a lo lejos una parvada de palomas, comiendo del pasto; flacas, pero aún con carne, van a tardar en ablandarse, se decía. Se escondió detrás de un árbol, con el sigilo de quien está por matar al líder de la sabana. La saliva no corría más, ahora sí no escuchaba nada. Las palomas aleteaban, altivas, seduciéndose en ese verde placentero. Y el dedo frente al gatillo, sudoroso, con un resbalo que no hacía más precisa la elección. La presa, bailando, se deslucía en gritos y aleteos cuando el hombre se dio el tiro en el cuello.


Abrigo las puertas, juntas en su desdén, para alimentar esta falacia que es mi respiración. Resucito incompleto, amenazado por mí y mi enfermedad. Ser. Renazco en un desuello, imposible de retornar. Impregno de mí este aposento de bilis sembradas en el yeso, agua estancada en la alfombra. Caigo de pie, con las corvas por delante. Caigo de pie al cielo, manglar de vísceras y peces descamados. Esta es una presa harta de majada y tierra infértil. Este es mi chiquero, esta es mi astucia.

Abrigo de nuevo las puertas, en un pecho de mí y de mis años. Años del muerto que ha sido, de los huesos del mundo en la garganta —lama y fango en las comisuras. Elaboro un retablo de supercherías para demostrar que aún la tierra es respirable. Esta es una polvareda de saliva fingida, de mieles rancias de tanto abrasar. Este albergue es ya una extremidad del miedo.

Abrigo un umbral, aprendido en la rabia de querer, de desear. Destrozo, asimismo, las venas de mi fe, y retorno al balbuceo, a la patada al útero. Renazco inservible, babeante; de vuelta al tacto primigenio, de regreso a la sorpresa, de vuelta al intento. Renazco envejecido, con un baúl de costras debajo de la cama, hediendo el sueño —trémulo, gelatinoso.

Abrigo esta puerta que supura una resina maloliente, pútrida. Un recuerdo tan vasto que ni a mí mismo me pertenece. Pero el abrazo que le otorgo a la puerta no es sino una leve caricia, como un listón que se le prende al mundo, imperceptible, banal, superfluo. Abrigo, entonces, una puerta jactanciosa, fatua, por no ser sino suelo. Abro los ojos, estoy tendido. Palpo, con la inocencia de mi espíritu senil, la aridez de esta balsa, residuo fecal de un animal desconocido, imaginado antes de existir. En mis ojos no hay luz; en la nariz no hay flores por reconocer. Viajo, a tientas, por una breve concentración de fluidos irreconocibles. Todas las humedades del ser, quizá.

Abro de nuevo los ojos al día, al muerto que ingiero, al silencio de las encías encarnadas en el hierro. Recuerdo el habla, no el sentido. El anhelo de escuchar le devuelve a mi rostro la sonrisa. A rastras, por mí mismo, veo al sol de la gruta. Le profiero un sonido expectante, deseoso de escarbar. Es la tierra la que está de nuevo arriba de mi sien, es de nuevo el cielo aguado a mis pies. Invertido, sonrío a la pureza de un día ordinario. Este es mi reino, este mi descanso. El muerto que ingiero resucita en mí desprovisto de ilusión. Descalzo, tambaleando, sin forma posible de escuchar. Hay comida para hoy, me digo, y regreso a la ventana, a ver cómo la calle se inunda de vapor, de exhalaciones fétidas, del viento que proviene de una cloaca a millas de distancia de mí… cerca de ella, del muerto que ingiero.

*

Esta es ahora mi sed, la del agua a riachuelos dentro de mí. Esta es ahora mi sustancia, el líquido feroz de mis piernas (en un frío misericordioso que hace cubrir la cama con tierra). Ese es ahora mi temblor, el de la mañana en el hielo de una voz huida. Esta es ahora mi pertenencia, el cardo, las cactáceas de mis dedos. Esta es ahora mi decencia. Decir. Esta es mi tierra, la de las cuatrocientas vigilias en abono, la del tieso numen de somnolencia. Este es el cielo del señuelo perdido en la corriente, el del pez sin vejiga, el de la piedra en las branquias. Esta es mi conciencia.

Ahora la calle detenta un viento anciano, ese que cansado de dar vueltas al orbe, regresa a la nariz tímido, sin leyenda. Y esto es ya no escribir, desde el mirador, el alboroto de los muelles, el vapor de un barco que se lleva el fruto, el tren que rasga la carne. No, no hay vehículos en el barro de mi mano. Este es un boleto a la ventana, la admisión atenta al vidrio, al estiércol de ave que impide ver directo al sol.

Atardece en el cristal, sin nobleza. Vaga desde su horizonte la nieve a la tez de mi temor. Esta espera. (Como un lenguado, golpeando la arena, viendo sólo a lo alto. Andando.) Retrocedo a la espiga que me punzó. Débil mas afilada. Este es ya un sueño al que no pertenezco. Arrojado de la imaginación campante, enclaustrado en mi taza de porcelana asiria, mentida e inventada. Esta es la no creencia, esto es el despertar del bicéfalo, degollado, viéndose.

Parto al este, es decir, a la esquina. Disfruto la narración de un viaje inverosímil, porque, anclado en mí, la calle es un apéndice de mis sentidos. Ufano, a nado por mí. Deshonesto, corriendo sobre la espuma de una nieve postiza.

Iluso, defiendo mi carne de un perro de caza, a lo lejos, serpenteando la campiña. Este es ya un fraude de mi ansiedad.

Sin embargo, en la calle no ha ocurrido sino un festín de agua, opaco, en su mugre de viajero. Viene de un allá que reconozco, de un jarabe salobre. En el extremo de mi lengua, una contracción, quizá un incendio.

Una aldaba suena, no en mi puerta, sino en el suelo. A pie, descalzo, sobre un asfalto anegado, alguien golpea, en su sueño, el peto de mi buhardilla. Aquí no hay puertas, me digo. Es un mazo sobre la superficie. Alguien quiere que el agua deje de inundar la casa. E invento un lugar para guarecerme de un frío mencionado. Esto es ya un intento.


Suspensa

12Dic09

Que crece y se atraganta. Es raíz y filamento, ruido tolerado. Es la conciencia de sordera. La reconozco, es alada. Paciencia de riego, temblor de estío. Que crece y deglute.

La inquieto. Esa es su creencia, la de dormir a ciegas, la de esperar, abierta, el ventarrón. Me reconozco en sus pertenencias, en el olfato de infusión, en la ira de armar un palacio idóneo para la esencias.

Casi lo olvido, es la ausencia en el estar. Adolecer de inercia, incluirse en el fragor de las callejuelas —por debajo, entre ramificaciones de cloaca. Y caminar, es cierto, en declive, ampollando la sonrisa.

Crece a suspiros, se alimenta. La veo hablar aspirando lluvia. Por qué no habré yo de bajar a tenerla. Será acaso que esa niebla ya no enturbia; será quizá que miento —de nuevo— al creerla.

Y dormir llevándola conmigo al secreto. Alimentarla de mí y mi violencia. Por qué no habría yo de acorralarla, tejerle un sonido breve, que gatee. Por qué no habría yo de correr. Y rociarla con un té dulzón, amarillento; teñir de colmena el amargor.

Casi lo olvido, es una flema.

Crece, hace de mí su deleite. ¿Sabré a caucho o a herrumbre? De nuevo soy su festín porque no impido morirme. (Es alada, por momentos.) La humedad no permite aligerar el viento. Crece en la tierra porque no le he dado el cielo.

Ha estado aquí, habría que saberlo. Ha permanecido en su mecer diurno, instigando. (Es ahora cuando despierta y se va. ¿Podría yo soportar, asimismo, mi condición?) Se va en su codicia de alimento. Me acurruco tras la sabiduría de no estar donde lo intuye.

Crece gracias a la desesperación, mas no vuela. Es alada si la nombro; es alada a mi deseo.

Mas no vuela, ¿podría yo hacerlo con mi ingenio?, ¿podría yo asignarle el espacio que no poseo? Casi lo olvido, es ella quien pregunta.

Crece, entonces, en mi encierro. Es por ello que dudo de haberla traído al juego. Es ella quien me obliga a zurcir el tiempo, con un beso ya otorgado, anticipándose al comienzo. ¿Valdrá la pena confiar en mi destreza?

Quién que olvida no es dueño de su miedo

Ese no es un buen principio.

Quién que teme no es dueño de su olvido. Ella crece, agrupa carne y nervio. Se deja amasar a ratos. Habla con las fauces de quien no acostumbra sino comer, vociferando la entraña. De ese modo la deseo, ya que no logro sino alargarla.

La enciendo en mí, por mía. Sin hechizo, viene a plegarse a mi costado. Triunfa sobre mí porque la invado.

Quién que sueña no es demiurgo de su maldad.

Crece. Dormita. Come en mi sordera… Traga.

Bella por ser pepena. Bella por renuncia; bella por ser dolencia.


Retorno al puerto de donde nunca vine. Pareciera un lago, secretamente; o un ovillo de adobe pardo. Y no es agua lo que lo encharca.

Vuelvo al puerto, sosegado. Y no es nostalgia lo que sufre mi violencia. Regreso indeciso, casi pétreo por desgaste. Piso un agobio —a ello vine. Ya no recuerdo esta espuma, esta costra queda. Ya no recuerdo esta presencia.

Vuelvo a la marea en la víscera, al suelo enrollado, jugando. (Donde estés, será mejor creerlo.) Demuestro así que no he partido, que estuve aquí en lo preciso.

El parpadeo desbasta la superficie. Mi rastro, recién pulido. Apenas huele a ser vivo. Imperceptible, el aliento de los pastos, el sudor del gesto. Imperceptible, el vaho de los sexos. Pero está ahí, a pesar de incierto.

Llueve, he de preverlo. Mas no es costa ni vereda lo que el agua llena.

(Ciego desde que pude, dejo de sortear la niebla. Tampoco escampa aquí como en mi anhelo.)

Prosigue arrumbándose el agua en tu cuerpo. Suspiro. Esta vehemencia, este lisiar mi calma con grima.

Dejaré de correr cuando no halle charcos. O cuando fenezca este olor a jardín.

No vuelvo al puerto. No hubo acaso más cosa que la lluvia, y la pitaya a un lado de la acera —espero. Acaso el petróleo lubricaría la arena que presiento, debajo, no del pie ni de los lagos.

Balbucea el viento un subterfugio dominical, plácido, justificante. Entonces ruego a un dios del que no soy parte. Te acaricio, a tramos, la nervadura interna. Trasiego. Te mudo del tiempo —ahora en el perol se rehoga la cena. Perderemos la salida, es probable. Alcanzaremos a ranciar el agua.

Pero nada ha acabado.

Vuelvo al puerto del que nunca vine. No existirán amarras para mi insolencia: caminar. Y de tu mano asoma un cuerpo, el mío recién embrollado. Pesa sobre nosotros una espera, la niebla que no cesa, la sed.

(Es agua lo que hablo, torva; carne al lado. Es tierra lo que respiro; arena de petróleo. Son madrugadas lo que pienso. Alcayatas en los labios. Es este espacio donde te hablo, laguna de fierro. Es de ciego este fracaso. No lo siento, no lo amargo. Es de esta rama mi resguardo; te veo, lo aquilato.)

Tomo el tiesto con una sonrisa; punzo. Algo habrá qué hacer con la sordera para no cascar todo en desmedida. ¿Podría el lago permitirnos un sorbo?, ¿serviría de ración? Mas no hubo nunca un puerto —aquel charco persiste en su ambición. (Algo habrá qué hacer con la ceguera.)

Vuelvo al ojo de agua. Sabe a ti porque es tu víscera. Pero la idea me desorienta. Si no es puerto, y no es tierra, algo habrá qué hacer con el levar.


Rampa niña

12Dic09

No hay nada como el día de batalla; esta transfiguración de la nada en algo. Es como si se encendiese la penumbra pero no dejara de ser tal. Es la sangre en los dedos, sin coagular.

Lo extraño es la piedad con que se rellena la idea. Porque no hay nada como el día de la derrota. La mugre en el cuerpo alude a la hierba en el agua. Y todo, sin más, se torna opaco, cristal espeso, fragmentado en sí mismo. La imagen, que no es otra cosa que esa misma nomenclatura, no tiene dispersión porque es de tal manera, de origen.

No hay nada como el día intermedio, entre lo que sucede y no, entre lo que se dice y no; entre lo que se piensa y no se desea.

Abren las bocas, entra humo de palabra maldicha, porque la voz es un intento fingido. Simplemente intento de mentira. Y ni siquiera lo es tal. La mentira es hecha humo, no duele porque no se encuentra en ella nada de ficción. Es palabra por inercia, carácter por instante.

Se abre el ojo porque de algo habrá que sujetarse. Si no se mirase, y si no se contara lo observado, todo quedaría como vómito en la garganta. No hay nada como el día de tregua. Las manchas de la ropa se lavan; el arsenal se llena. No hay nada como la guerra, sea en este día o en cualquiera, en este espacio o en el de la pupila. No hay nada como dejar la esquirla en el tórax.

La luz de la barranca se pierde en los arbustos (la frase es sincera mas inexacta); el bosque, pergamino de verdor, extrae púas del agua, de un río en la comisura del tiempo. Se azotan los silbidos, la piedra cae. El silencio, un atolladero de lamentaciones.

El bosque no irradia luz, no la hace posible. El bosque, un tendón atrofiado.

No hay nada como la espera. No lacera ver el aire. La inquietud, alojo de pequeñas muertes. La risa claudica, el sonido y la significación se dilatan. Gordas preseas que irrumpen en el colmenar del sentido.

No se logra nada porque todo es vil retozo de cuchillas. Allá afuera alguien pretende herir, pero el espacio se abulta. La puntería no es más que ilusión perdida. Allá afuera alguien finge caer; allá afuera, lo inexacto. Allá es interno.

A gatas, el alma carece de bifocales. Una mano asoma, hace sombra en la llama. Vive, de por sí, lejana al hombro, pero es hombro que ausculta. No hay nada como la guerra a distancia. Un quiropráctico en la palabra tiene algunas vértebras que anudar.

La rabia es la lástima que se tiene uno mismo.

(Lastre.

Hay un llamado para socorrer al invierno. Esa calle fracturada. Sol que se desliza, ropajes de cantera. Hay un llamado para socorrer a la esquina. A cien metros, el estorbo de piel; a un respiro, la ventana. Hay un llamado para socorrer a la astucia. —Vanse los capullos— De esa alcantarilla sale una sonrisa, ramificación de colmillos sobrepuestos. Hay un llamado para socorrer a la violencia. En el estrado, como lupanar, los suspiros golpean el tímpano. Hubo un llamado para socorrer al futuro, nadie, ni la esquina, fue. No se dieron gritos ni pasos. Hay un llamado para socorrer a la calle.)

*

Y la no muerte encapsulada; disparos, intentos de furia… La determinante de la alevosía.

Privados del odio, así, sin filtros de voz, acompañados por perros que lamen el suelo, así, en la llamarada ansiada. Abraza la garganta que sueña, atrapa el eco, hay una bienvenida ofrecida a la demencia. Y la no muerte maltrecha, y el no misterio sucedido.

Vientres del espasmo que contribuís con esta gracia, esperadme en la azotea, vedme desde ahí, sin titubeo. Decidle a los pastores que nada es adentro, lo demás está en la sangre. Oíd, mujeres, oíd a los niños que corren en mi oreja, ya no mienten, ya no inventan. Nada está detrás de la retina, la suerte, las alpargatas. Que se esperancen con los gritos. No es mi mano ni mi intento, los niños que corren a la espalda de la oreja, que hacen montículos de grasa, una sangre, una llaga, pequeña por no visible, dolorosa por ser interna. Vedme correr a la esquina, desde aquí no hay más entierros. Escuchad, ya no hay más descenso.

Milagros del espacio que se infiere, esta verbena de ciegos no es más un duelo. Ahí están todos, con su guante de alcohol, su ropaje de fiesta, su mentira por elixir. Paciente, desde el cuarto, se escuchan los latidos, zigzag onírico, deseo por impotencia. Que no me inviten a su lado, yo no estoy desnudo, yo no estoy despierto. Es mi sueño quien los convida a aparecer de este lado donde no se percibe casi un lloro, que no es mío, que no es algo.

Y la claraboya de tu mar que no se ilumina en mis ojos.

La esperanza, cerca un día, brotó de en medio de la mierda. Yo la vi adentro, sopor de idiotez, calma influida. La esperanza, cerca un día, no nadó hacia la orilla. No era un lago ni montaña; cama innoble, mes de abrazo. La esperanza, cerca un día, no me vio y estaba adentro. Desde aquí la veo, desde aquí le inquiero. La esperanza, cerca un día, no es más que este misterio.

Rampa niña, y el cencerro en las piernas. A lo lejos, cual lejanía imposibilitada de odio, el tedio. Cruza el quebranto, desde aquí se ve la tierra. Rampa niña, la construida en los desvelos, se eleva, abierta mas dentro. Dónde un hueco, dónde un símil de la posibilidad. En el quizá que funda la astucia, en el caminar boca abajo, rastro de tentativa. Rampa niña en el ocaso de sus ojos, y a distancia el ogro. Rampa niña, casi el invierno, que es yo porque es almíbar, que es tú porque es augurio. Rampa niña, y el cencerro entre las piernas.

Adentro la nada es involuntaria.


Harto de sangre, te observo. Detienes el viento con un gesto. Ensalivas el aire. Ahí permanezco, en la mandíbula y sus cóndilos. Venteando, apenas musitando.

Harto de sangre, volteo. Llueve en ti por el otoño. Amanecen espigas de cobre, tensas, lustrosas.

Harto de sangre, huelo. Vacías el aire inaugurando un palacio humedecido. (Llena de labios, una espera.) Hablas con el ruido de un sosiego. Generas un diminutivo para cada nombre que te exenta: la calle, aquella ventana, la lluvia, el frío. Harto de ti, de sangre.

Harto de sangre, detengo el vello en los párpados. Has caminado por encima del lago que intento sanear. Vas, te detienes. Aquello es un fruto que recién regué con sal y trementina. Retoza en mi lengua una biznaga, completa. Harto de sangre, deterioro mi descanso.

Harto de sangre, corto un pellejo de aire para que te limpies. Regresas de la letrina. Ufana. Has comido el único capulín que sobresalía del fango. Del mentón escurre un silbido, aire congratulado, meloso. Ahora es que te vas, sin sudor alguno, corriendo. Harto de sangre, de ti, del aire.

*

Lloviznaría, si por ti fuera. Se perdería el miedo a la mugre (cochambre entre los dedos, nombrándote). Cesaría el calor. Derrumbarías cada hoja, cada rama. Lloviznaría, si por tu fuerza lo intentaras. Sería un reino de estancias anegadas, aletas por pierna. Se acabaría el relámpago, la luz tras la nuca. Lloviznaría por tus piernas, si de eso fuera.

Pero de la lluvia quedaría el estanco, sin corriente, perseverando en su mustia evaporación. Quedaría de sí, el charco, los residuos de la suciedad… Y el olor a tela sin ventilar.

Llovería, entonces, a sabiendas de que el agua será conquistada por el hedor.

Chapoteando, conquistarías cada rótula del tiempo. Nadarías haciendo mares con el costillar. Chapoteando.

Si por ti fuera, no dejaría de llover nunca.

Volvías de pie. Hecha un nudo; ladeando la casa. Ignorabas este resentimiento: mi esperanza. Volvías golpeando. Hubiese podido soñar, o trasladar mi sueño a tu voz. Pero el otoño…

Mentí. Trasnoché clamando un auxilio. Todo te olvidaba (salvo mi anhelo —bravo, alarmante—). Las córneas se pegaron a las cobijas. No lloré porque amanecía… y olía a encierro.

Te desentendías de la niebla. Enfriabas un silencio con la espalda, y el sudor te corregía los labios. Pensé en gritarlo, ahí, donde se escuchara. Pero la mañana… y octubre.

Nadie te olvidaba. Enérgicas, mis manos no alcanzaban a cerrar las ventanas; las quebraban. Hubiese soltado mil zanates para que la ventisca amainara, para que se oscureciera la magia. Pero verte…

Venías. Escapaste del rastro de un día anterior. En mi sueño revolvías una pierna en la salmuera. Yo intentaba adobar un carozo —no había más pescuezos por desplumar.

Mentí. Hube sazonado todas las cactáceas del orbe en un cazo, el que te reflejaba —cobre sobre cobre.

Mentí. Sólo había semillas, plumas, y aguarrás en la alacena. Quise engañar al gusto, sacarle del recuerdo una esencia. Pero nadie sabía cuál era un sabor.

Volvías, a pesar del olor a podrido, de los paladares cocidos, ennegrecidos. Yo intentaba limpiar cada esquina, donde nadie pisa, donde se acumulan las plumas.

Escapabas de un sueño previo: el que te maculaba. Respirabas acortando el espacio. Un suspiro nos hubiera dejado sin tiempo. Quise abogar por los susurros, por los gestos, por la ausencia. Pero tu cuerpo…

(Te hube sacado del sueño, reincorporado a la espera.)

Volvías viva, goteando. Mascullando ese nombre recién aprehendido. El miedo. Volvías en zancadas, inundando los huecos del azulejo. Tus dedos señalaban un atajo, por donde no se pasara a ningún lado, por donde se evitara el pánico. Pero no era una casa. Era un vértigo de piedras y musgo colocados en hilera. Por donde pasaras, por donde tu cara se perdiera.

Comencé a plantar espigas, filetes de cobre y barro, de aquellos, que en tu flora, señoreaban. Delinquí al saberte carne. Violé la espera con un artificio de sombras y muescas. Afuera de ti, una hebra de saliva bramaba por ser incluida. Pero el cobre se hinchaba, glorioso, sobre el cartílago. Y el goteo…

Volvías viva, goteando. A cada sombra le correspondía una oquedad en el suelo. A cada paso, un cristal blando.

Armé una coraza de alas secas para impedir tu huída. De saberte agua, hubiese tapiado las ventanas. De saberlo, hubiese prendido la estufa. O evaporarte; disminuirte con setas y alcachofas. Pero mi anhelo…

*

Algo de aquello en la saliva. El jardín de niños en la glotis; manglares en el oído. Estropearía el cristal mi piel. Y el agua hacinándose. Saltando.

Podrías nombrar un espacio con lumbre. Donde queme, donde marque. U orear el muladar.

Arruinaremos el quejido; allá, de donde provenga. Permitirán quedarnos con la hierba, con la gresca debajo de la tierra. Filtrándose. Permaneceremos quietos, silbando. Amurallarán la madriguera con espolones recién limados, de aquellos que cortaba, de aquellos que hervía. Ya no sabremos qué será de los ácaros y las piedras que amansaban la sangre. Ya no sabremos del sol que evaporaba esa agua altiva, gritona. Ya no sabremos de los humores, adentro, corroyéndose.

Te devolveré mía a la superficie. Me reintegraré tuyo a la corriente.

Sangre por vituallas. Habrá una estampida de fluidos sin rebalsar. Quietos, exangües, besaremos la quilla de nuestro invento. Prenderán fuego a las especias. El horizonte, una tolvanera de canela y azafrán.

Y el derrame. Alguna cuerva ensayará el vuelo. Torpes, no sabremos más enjugar. Los cuerpos y las fauces nos serán almazaras. Habremos de arar la carne; habremos de surcar el agua.

Me devolveré tuyo a la superficie. Te reintegraré mía a la corriente.

Hartos de sangre, ampollaremos la carne con almíbar. No podremos más rezumar. Cercenaremos el recuerdo, abultaremos la saciedad. Hartos de sangre, habrá un miedo por encomiar: Tenerte.


Cfr.

12Ago09

“Tenía, pues, el estilizado y elástico cuerpo de las bailarinas, la gracia de las bailarinas y en cierto modo las limitaciones de las bailarinas que difícilmente pueden admitir la presencia de otro ser humano entre su cuerpo y el espejo que imaginan tener siempre enfrente de sí mismas”.

G.C., Tres lindas cubanas


interio

Corremos. Tenemos diez minutos para ver si entramos, si podemos. No sabemos qué, quién, cuánto, sólo queremos entrar. A dos pasos, subo las escaleras; ella camina un poco atrás. ¿Quién está?, ¿cuál? Sentados al fin, vemos el programa, no sabremos si nos guste o si sean vanas florituras. Haydn nos desconcierta con su decimotercera, melosa, simple, niña sinfónica en un mayor re que nos mece. Chávez percute, tambor casi en mano, y el piano… Con eso bastaría para bien vivir.

Nos hubiéramos ido, pienso, en el intermedio, porque ella brega con el sueño: Mendelssohn y su noche de verano rediviva, cantada, soplada, con el apuntador de frente a nosotros. Vaga narración de un cuento no sabido pero reconocido.

Salimos ufanos, críticos, y de la mano. Bien nos vale una cena con caracoles y sopa de miso; bien nos vale el no dormir.


balancier

12Jul09

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El vino no lo terminamos; frío, en la nevera, ha esperado a hoy. Por la mañana nos había un sueño discreto; lo veneramos con una sopa inventada de alubias, pimiento verde, zanahoria y pollo. Tuvimos que poner de nuevo la olla, media hora, a que se ablandara pacientemente todo. El vino en esta hora temprana sabe a buena tierra. Habríamos de tener un viñedo, aunque fuese mínimo; haríamos poco pero sería nuestro -le digo-; ¿te imaginas un Pinot Nero/Noir tan nuestro que no no sepa ni a recuerdo?

Le canto “Je suis un balancier” y “Cangote”; me voy a ella y no pienso; me voy y dejo que hierva, poco, la sopa, lo suficiente para que el vino no me entorpezca. Si tuviéramos una olla inmensa haríamos un puchero para un regimiento, aunque fuésemos sólo nosotros dos comiendo y cuchareando.

Le y nos sirvo más vino, se nos había olvidado que llovía y que llueve por toda la noche y que no es enero y que no es diciembre y que se nos ha olvidado comer.


Rilke}Rulfo

07Jul09

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_først_

25Jun09

Viajamos; vez primera. Valijas, ungüentos, música para algunos años –más de los previstos-, y sin boleto de regreso. No hemos sabido de dónde, pero viajamos. La miro, la escucho; es tan ella que bien nos vale la pena naufragar o acaso arribar.

Veo por la ventana y antes del paisaje está su reflejo: es ella quien también ve el mío, en ese punto donde acaba de pasar un huizache. Camino de surcos donde terminamos de soñar y pensarnos, maizales, riachuelos, costras de tierra.  Vez primera, le digo que tras aquel cielo nos encontraremos.


venus

Vía El País


Almodrote

12May09

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“Tomarás perdices y después de bien peladas ponerlas has entre el rescoldo y desque hayan estado un espacio de un paternoster sacarlas y limpiarlas de todo y asarlas y darles su lardo abastadamente y después que estén asadas, cortarlas como para hacer platos de ellas, y después rallar buen queso de Aragón que sea fino y tomar dos cabezas de ajos asados entre el rescaldo y después mondarlos muy bien y limpiamente y majarlos en un mortero y después poner el queso en el mortero, y tornarlo a majar todo junto, y mientras que lo majares echarás en el mortero una buena cucharada de manteca con algunas yemas de huevos, y majarlo todo junto, y desque sea todo bien majado desatarlo con buen caldo de carnero que esté medio frío, porque si fuese muy caliente haría tomar el queso, y después hacer rebanadas de pan y tuéstalas y ráelas de la quemadura y después escaldar o remojar estas rebanadas de pan tostadas, con buen caldo de carnero en una aljafana o plato hondo, y después sacarlas y ponerlas en un gran plato alrededor; de esta manera: un lecho de rebanadas y otro de perdices y de esta manera henchir el plato un estrado de rebanadas y otro de perdices, y desque esté lleno el plato echarás almodrote encima de todo y después tomar manteca derretida y esparcila sobre el plato”.

Rupert de Nola

Lybre de doctrina Pera ben Servir: de Tallar: y del Art de Coch

1520


Bouguereau_Biblis_(1884)


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“Pren vna gallina q<ue> sie mes de mig cuyta en olla: e talla la axicom si la hauies a donar a ton senyor: e apres pren bona carn salada que sia grassa e çoffregir la has ensemps ab vna poca d<e> ceba: e apre que es çoffrida met hi la gallina: e çofregir sa ta<m>be. e pre<n> ametles que sien torrades e pica les: e me hi codo<n>ys o peres que sien cuytes en mel: e pren los fetges deles gallines e met los a coure embrases: e apres que sien ben cuyts met los enlo morter deles ametles e picao tot plegat: e apres pren vna molla de pa que sia torrat e remullat ab vinagre blanch e metras lo tambe enlo morter p<er> ques pich tot plegat: e com tot aço sia picat destemprau ab brou del gallines que sia bo d<e> sal: e passar ho has tot per vn sedas: e apres met ho en vna olla e aximateix la gallina: e met hi de totes salses fines per lo semblant: e met hi aximateix bona qua<n>titat d<e> sucre. E aquesta salsa vol esser algun tant agreta: e co<m> sia cuytta la salsa met hi vn poch de joliuert que sia tallat menut dins [XII] enla olla: e fes scudelles qua<n>t sien fettes metras hi desobre sucre e caneylla: e axi se fa lo Janet de Gallines”.

Rupert de Nola

Lybre de doctrina Pera ben Servir: de Tallar: y del Art de Coch

Barcelona, 1520


La peur

29Abr09

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Algo nos mete miedo, pero no le hacemos caso. Tiembla por la mañana, se va la luz en la noche y una epidemia cruza la ciudad lentamente. No nos importa, mucho; en un arrebato decidimos hacer una tarde tropical: aguachile y cebiche, cervezas y ventanas abiertas. Bailamos un rato, norteño, salsa, merengue, luego nos vamos con los corridos, luego con el “Nessun Dorma”. Es un reino, el nuestro, de chiltepín y recetas tradicionales, y nos ufanamos de no permanecer en cuarentena, aunque afuera no se pueda hacer nada, aunque afuera no se pueda ni oler lo que mina las calles.


“Qviero poner aquí algunas potajerías de legumbres: y esto hago (como tengo dicho) para los mancebos y mugeres, que siruen a algunos señores, y no saben estas cosas, aunque parecen muy fáciles. El manjar blanco para vna pechuga, sacarla has de la gallina acabada de matar, y tendrás la olla coziendo, y échala dentro, y cueça hasta que esté casi acabada de cozer: luego deshílala muy menuda, y échala en vn caço, y échale medio quartillo de leche, y bátela con el cucharón, de manera que no se corte: luego échale vna libra de harina de arroz, y échale otro poquito de leche, y bátelo muy bien: luego vele echando leche, y trayéndolo a vna mano hasta que tenga cinco quartillos, y échala vna libra de açúcar, y si le echares cinco quarterones será mejor: échale vn poco de sal blanca, cantidad de vn panezillo de los de Madrid, y pon el caço sobre vnas tréuedes con buena lumbre de tizos de carbón, y tráelo a vna mano con mucho cuidado, porque no se queme, ni se ahúme: y quando començare a quajar bátelo muy bien: tardará en cozerse tres quartos de hora, poco más, o menos. Para ver si está cozido toma vn poco en la punta de de vn cuchillo, y déxalo enfriar vn poco, y llégalo a la mano, si no se pegare estará cozido. Aduierte, que si hazes muchas pechugas juntas, como si fuessen seis, no pueden lleuar tanta leche, que a seis pechugas bastarían siete açumbres de leche, y si no fuessen muy buenas las pechugas, aún sería mucha leche, porque trabajan más las pechugas, y se deshazen más, y no pueden lleuar tanta leche, porque saldría el manjar blanco blando. Otro manjar blanco se haze con más leche, y más açúcar; mas yo me atengo a este”.

Martínez Montiño, Francisco,

Arte de cozina, pastelería, vizcochería  y conseruería…,

Madrid: Luis Sánchez, imp., 1611.


Foja 5. Wiertz

22Abr09

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Poco a poco, cada sábado, rendimos tributo a nuestra religión. Frente a un plato ritual de escamoles, regocijamos a los dioses, ofrendamos nuestra digestión a los cielos y al Mictlán. Luego, al son de un rezo por el tuétano al horno, nos reconocemos humanos: el pato con salsa dulce de chile manzano fue demasiado. Somos dos principiantes buscando cada tanto regocijar a nuestros antepasados y a nuestro linaje, reflexionando el carácter intrínseco de los elementos, de las cocciones, de la ausencia de potajes o de la suavidad de las salsas. Antes, en el principio, fue la sopa miso, hoy no podemos dejar de ofrendar casi cualquier cocina, sea esta asiática o mediterránea. Somos parte de una grey glotona, sin más evangelio que los sartenes y los odres de vino. Después, somos nosotros paladeando y paladeándonos, lenta y pausadamente, como se hace la mejor de las recetas, como se hace el mejor de los reinos.


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Por la mañana

13Abr09

Nos gusta encerrarnos por días. Recibir visitas en desorden, olvidar que estamos en otro lugar. Por la mañana, ya tarde, nos preparamos un rooibos, pan con tomate y olivo. Periodo de sanidad, dice ella; se nos olvidó ir a la tienda, digo yo.

Cansados de ya no esperar, ponemos una película con litros de agua mineral al lado. De pronto se levanta eufórica, “ya pasaron los tres minutos del té”, y corre para impedir su amargor. Una bella que sabe preparar té, pienso.

Descansamos, nos vemos a los ojos, nos tomamos fotos casi desnudos y volvemos a soñar con este fin de semana suspendido en el tiempo, solos, encerrados, recibiendo visitas, cerrando las ventanas al día.


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[...]

03Abr09

Porque acaso sueño que me tiende la mano, ambarina, sobre la rodilla, y estamos en cualquier lugar. Se va y no recuerdo, y al despertar la cama pareciera una fila india horizontal de nombres y pieles. Pero es ella quien va detrás de mí, no bailando sino deteniendo la respiración para que no la vea pero sepa que está ahí, señoreando. Porque la detengo, acaso; me tiende la mano, y es lo único que recuerdo ya pasadas las 4 de la mañana. Porque acaso sueño más con su nombre que con la piel suya que olvido, o he olvidado. No me dice nada, se va, y estamos en cualquier lugar, en el del principio que fue siempre nuestro final.


i_haven_marie_i_liggestol_1893

18901